Docentes

Estoy rodeada de futuros docentes. Les tengo un respeto enorme a esas personas.
Desde chiquitos siempre puteamos a nuestros profesores y nunca le dimos la importancia que se merecían. Si nos desaprobaban eran "viejas de mierda" y "malparidos", pero esa gente estaba construyendo nuestro mejor arsenal: la educación.
Me resultan personajes admirables por el simple hecho de atreverse a darle herramientas a alguien que realmente no tiene ningún interés en usarlas. De grandes nos avivamos que esas herramientas son lo único que tenemos para asegurarnos una vida.
De no ser por María Cristina Latorre, Carolina Alarcón, Liliana Vidal y Gabriela Monzón, probablemente todavía seguiría pensando qué quiero hacer con mi vida.
En las clases de Cristina me la pasaba dibujando. Un día, mis compañeros estaban haciendo una actividad y yo estaba dándole color a un perrito con uno de mis innumerables lápices. La vi acercarse y pensé: "Acá me reta. Voy a pasar vergüenza adelante de todos..."
Llegó a mi banco y me dijo:  "Cuando era chica, tenía una colección de lapicitos de un centímetro. Cuando se les terminaba la mina y ya no podía pintar, los guardaba así".
Más tarde me propuso que, para que se me hagan más divertidas las clases de Lengua, ilustre todo lo que escribo al final de la hoja. No recuerdo la última vez que me desagradó esa materia.

Carolina Alarcón daba clases en otra escuela, con una realidad muy diferente. Los chicos que iban ahí eran bastante desganados para todo, como si fueran a la escuela por amenaza.
Yo tenía quince años y ni un solo amigo sano. Sentía que si mi vida se terminaba ahí, iba a estar todo bien. Era una depresión típica de adolescente solitario, sumada al hecho de ver a todos mis allegados perdiendo la dirección y las ganas de vivir. "Dime con quien andas y te diré quién eres"... las influencias valen mucho.
Cristina había fallecido hacía dos años y mi voluntad de escribir estaba hecha añicos. No leí un libro durante mucho tiempo...
Pero entonces Alarcón hizo algo que nunca me voy a olvidar.
¿Viste que en la secundaria siempre te obligan a leer un libro super aburrido que terminás odiando? Bueno, ella dijo: "Elijan un libro de sus bibliotecas. No importa qué tan largo sea, no importa si es una novela o un cuento infantil... elijan uno, léanlo y hagan una reseña con lo que ese libro les dejó".
Llegué a casa enojada y agarré el primer libro que encontré... bendita la suerte que nos deja bien parados ante la desgracia.
"El caballero de la armadura oxidada", de Robert Fisher. Es básicamente un libro de autoayuda, escondido en la historia de un caballero que aprende a vivir con amor, alegría y humildad.
¿Por qué, profesora? ¿Por qué ese fue el primer libro que vi? ¿Por qué justo en el momento en el que no pretendía nada de mi misma ni de los demás?
Nunca lo sabré. La cuestión es que mi reporte fue el primer texto con autocrítica que escribí en mi vida. Ese libro salvó mi capacidad de maravilla infantil. Ese libro me devolvió la luz a los ojitos que querían sentir que eran fríos y aburridos. Fisher me dio, en poquitos capítulos, la razón más grande para vivir.

El tema con Liliana Vidal fue más simple. Yo aún no tenía en claro mi camino, pero ella me dejó dos libros importantes:
"Cruzar la noche", de Alicia Barberis. Habla sobre la travesía de una chica por recuperar su identidad luego de la dictadura del '76.
"La bella jardinera", de Antonia Michaelis. Esta historia trata sobre una mujer en un cuadro de Max Ernst que se escapa del mismo... y la osadía de un personaje por devolverla a su lugar.
La imaginación volvió a florecer con este segundo. Recomendadísimo.

Con Gabriela Monzón terminé de definir mi camino. Esa mujer tiene más pasión por la Literatura, que cualquier otro ser humano que haya conocido en mi vida.
Nos hizo armar una biblioteca común con libros de cada uno... pero lo mejor eran los que ella traía. En un mes leí ocho libros. Me fascinó. Ya no pude parar de leer.
Su pasión y energía se transmitieron. Supe que si quería algo para mi vida, iba a estar entre esos amigos de papel y la puesta en manifiesto de la imaginación en su más puro estado.

Gracias a estas cuatro mujeres, yo tengo las herramientas necesarias para seguir aprendiendo y creciendo en este ámbito.
Gracias a todos los docentes del mundo, de jardines, primarias, secundarias, nocturnas, universitarios, especiales y particulares.
Gracias por legarnos las armas para nunca perder el camino.

La calma, la tormenta y el cultivo

¿Nunca sentiste esas inconmensurables ganas de decir "todo estaba bien hasta que llegaste vos"? Sentís que todo se va a ir irremediablemente al carajo si convertís esa llegada en una bienvenida...
Hay estadías que son ingratas y aún así nos hacen sentir el morbo de la tentación que provoca el rechazo. Es un quilombo de sentimientos encontrados, no le des bola.
Tenés ese pequeño y gravemente controversial deseo de tirar todo a la mierda y entregarte a un instante de vuelo... aún sabiendo que nadie te dio alas y esto ni siquiera es una práctica... es la vida real. Antes de que te des cuenta, ya estás con la cara desfigurada y un montón de curiosos mirándote agonizar. (A la mierda que me puse fúnebre).
En la vida no hay un "Check Point", no tenés "respawn"... tomás una mala decisión y la pagás, así de simple. Acá no hay una carta que te salve el mazo, no hay una esfera brillante que te de una vida más. Lo arruinás con alguien y la marca queda.
Por supuesto que existe el perdón, nadie contradice... pero un "perdoname" no sana el daño moral. No, lamentablemente esa palabra no cura. Si encontráramos útil que ciertas palabras curan, no existirían guerras de ningún tipo.
Hay que ser prácticos. "Jugá bien las fichas, porque tenés pocas", me dijo alguien en medio de una batalla final. La perdí... perdí la batalla, la guerra, las fichas y las ganas de ser práctica. Más tarde me encontraba metiendo fichas en cualquier Flipper y sacando cupones intercambiables por puñales.
A esta altura del partido me pudrió ese juego. Ya recolecté suficientes puñales para ponerme un local de cuchillería fina y llenar el bolsillo de cuentos sin moraleja.
No todo lo que brilla es oro. Como buen cuervo, debería haber aprendido que picotear en campos de luciérnagas y salir al vuelo sin haber limpiado las alas, es sinónimo de estupidez y falsa ilusión.
Como bien sabemos, las ilusiones engañosas atacan a los más despistados. ¿En qué momento me convertí en una despistada? ¿Cuándo fue el día en el que decidí dejar de apostar fuerte?
Hace meses que no tengo uno de esos arranques apasionados de emprender algo... hace meses que siento que mi misión de trascender está en un "stand by" constante.
Nací con la terrible afición del hacer y hoy estoy sentada detrás de un monitor. Lo único que me salva de estar en blanco, es este texto que estoy dando a luz con atisbos de energía de lo que solía ser un huracán.
Siempre jugué para el equipo de los que estaban haciendo algo por cambiar lo que estaba mal. Ahora es como si hubiera perdido el juicio sobre el bien y el mal.
Charly sabía que quería cantar, Borges supo que quería escribir... todo parece simple cuando uno tiene en claro lo que quiere hacer, pero... ¿cuántas lagunas tuvieron que superar ellos para saberlo?
No se a dónde apunto, pero quiero que sea alto. No se a dónde voy, pero quiero que sea cómodo y seguro.
No se si estoy haciendo las cosas por mí... o por lo que todos esperan de mí. Esa es la confusión más triste que alguien puede tener.
Lo único que entiendo es que me gusta esconder pedacitos de mí entre palabras, que esto me relaja... que hay millones de personas en el mundo sintiendo lo mismo que yo y eso me hace sentir más humana.

¿Sabés que pasa? Desconozco mi potencial, pero se que me ha traido buenas recompensas cuando lo he sabido usar. Todo se basa en voluntad.
No es egolatría ni vanidad, menos que menos, pero siento -y reconozco que ya lo he dicho- que uno puede hacer cualquier cosa que se proponga, en tanto esté a su alcance... y si no se escatima ese "alcance", entonces es mucho ... y mucho no es poco... y poco es más que nada.
A veces me analizo sobre la marcha y nunca borro lo que escribo si siento que el texto puede tener un giro. Es necesario expresar primero lo que está mal e ir corrigiéndolo a medida que escribo. Como una charla con un amigo que te hace cambiar de parecer, pero con uno mismo.

Estoy en blanco porque sigo apostando fichas a esos Flippers que me tiran cupones inútiles. Basta de cuentos sin moraleja. Basta de volar sin práctica...
Espontaneidad no es entrar sin golpear a la casa de un desconocido. Espontaneidad es el resultado de acumular herramientas para usarlas en el momento en el que sean necesarias.
Basta de hacer las cosas mal por darle un cuentagotas al reloj.

Gracias, querido lector, por haber compartido conmigo otra aventura escrita.
Si te sirviera en lo más mínimo, entendelo como el regalo más preciado que este texto y yo pudimos haber recibido en la vida.

Espacio Anecdótico

Me di este espacio y lo bauticé "Espacio Anecdótico". Lo voy a inaugurar contando una memoria algo divertida, por la cual permito ser gastada por el resto de mi vida.

Octubre del 2010:
Estaba de novia hacía algunos meses y un día tuvimos una pelea bastante boludona. Algo de impuntualidades o relativo a eso. Agarré un mazo de cartas de Poker y saqué las 13 de Corazones.
Caminé hasta su casa y en la puerta pegué el As, junto a una nota que daba la ubicación de la segunda... como el juego de las pistas.
Lo llamé y le di las indicaciones -sin detallar demasiado- cuando terminé de colocar todas las pistas.
Y así, el camino que va desde su casa hasta la mía, estaba repleto de cartas. Cada carta tenía adherida la ubicación de la siguiente. Siempre en lugares ocultos (buzones de energía, cabinas telefónicas, picaportes de locales clausurados, etc), para que la gente no pudiera sacarlas y arruinar el juego.
En la carta correspondiente a la Reina, la nota adherida decía: "Cuando tengas las doce en manos, respirá hondo, recordá lo que hizo que te enamoraras de mi y caminá hasta la puerta de casa".
Lo esperé ahí, le di la última carta con una notita que decía: "Decimelo".
Él me miró, esperó unos minutos, sonrió y me dijo: "Porque estás completamente loca y nunca parás de sorprenderme".



El faro de Lucas Ferrere

No se en qué momento decidí venir a este lugar, pero junté mis cosas y me marché.
El faro estaba disponible para que cualquier persona lo cuidara durante un período de seis meses. Era increíble, la vista no se comparaba con nada de lo que había visto antes. Tenía una mujer (Serena Colignon) que venía los fines de semana a limpiar la casa y un señor (Salvatore Degenaro) que aparecía cada quincena para revisar que la luz del faro anduviera bien.
La paz me inundaba por completo. Todo iba a la perfección.
Fue un fin de semana de abril. Serena no había aparecido y a eso de las tres de la tarde del viernes, una chica tocó a mi puerta.
- Bonjour. Je suis Marcella Boucher.
- Excusez-moi, je ne parlent pas français.
- Oh, mil disculpas señor Ferrere.- dijo la muchacha, algo avergonzada.
- Lucas, por favor, llámeme Lucas. 
- Lucas, vengo a suplir a la señora Colignon en la limpieza. Ella está muy enferma.
La dejé pasar  y la observé durante las siguientes dos horas. Marcella era hermosa, el pelo azabache le acariciaba la espalda mientras limpiaba los ventanales de mi hogar. Unos ojos color esmeralda me increpaban cada vez que sentían que fijaba la mirada en su figura. Agraciada, con movimientos casi angelicales. Me tenía estúpido.
Durante los siguientes meses de mi estadía, esperaba el fin de semana con ansias, sabiendo que cada uno de ellos era una nueva posibilidad de rendir a Marcella a mis pies, de poseerla, de robarle al día las horas sagradas del amor... de empezar a vivir a su lado.
"¿Qué me pasa?, no hace más de un mes que la conozco y ya planeo mi vida con ella", pensé una mañana, mientras tendía mi cama. Se sentía realmente bien.


Fue en junio que el señor Degenaro me pidió que lo acompañara a ver la luz del faro. Él ya estaba viejo y temía subir las escaleras solo.
Mientras cambiaba un cable estropeado en el circuito del reflector, Salvatore me contó sobre sus hijos. Tenía un adolescente de dieciocho años algo rebelde, pero bien educado. Luego estaba Miranda, una joven de veintitres y por último, ese hijo mayor que se había ido de casa hace un tiempo. No hablaba mucho de él, pero por la tristeza en su mirada, supe que lo amaba con la intensidad de la mismísima luz de mi faro.
- En fin, mi pobre pichón voló del nido demasiado temprano. Su madre y yo aún esperamos su regreso.- Dijo él, dándome una palmada en el hombro.
Cuando bajamos, descubrimos que Marcella no estaba en la casa. Recorrimos los alrededores y tampoco la hallamos. 
El corazón se agolpaba y parecía mil. Mil corazones latiendo en el mismo pecho, asustados, rompiendo su caparazón de tejidos, de carne, arremetiendo contra mi tranquilidad.
Salvatore me miró y sonrió. "Hijo mío, ¡estás reaccionando!", dijo él. "¿Reaccionando a qué? ¿Dónde está Marcella?", le grite. En ese mismo instante, todo se detuvo. La vi, en el medio de la enorme masa de agua, flotando suavemente, empujada por las olas.
Dejé al señor Degenaro en ese lugar, me quité los zapatos y comencé a nadar. Nadé y nadé... y el corazón ahora era millones. Continué nadando y justo cuando estaba tomando la mano de Marcella... todo desapareció.

Un techo blanco. Salvatore y la señora Colignon sostenían mis manos y lloraban a un lado de la cama.
- ¿Qué pasó? ¿Marcella está bien? ¿Me ahogué? - Estaba tan confundido...
Los dos me miraron y se hizo luz en sus rostros. 
- Mi amor, hijito amado. ¡Está despierto, doctor!, ¡está despierto, mi hijito está vivo! - Gritaba Serena Colignon.
No lo comprendo. ¿Por qué Serena me llama "hijo"?, ¿por qué Salvatore lo hizo hace un momento? ¿Qué pasó con Marcella?
Un médico ingresó al cuarto. Me tocó la frente, el brazo derecho, revisó unas máquinas ruidosas ubicadas al otro lado de la cama y les pidio a los ancianos que dejaran la habitación. 
- Lucas, ¿cómo está?
- Bien, pero no entiendo nada. ¿Dónde está Marcella?
- Su mujer está bien, Lucas, está en su casa. La mandé a casa anoche, llevaba más de tres meses en el hospital. Me dijo que no se podía separar de usted, pero ya era demasiado.
- ¿Mi mujer? No, estás equivocado, Marcella es la chica, la francesa que limpia el faro. Doctor, ¿qué pasó en el mar?
El hombre me miró extrañado unos segundos, pero luego comprendió.
- Lucas, no hubo un faro ni un mar...
- ¿Qué pasó, doctor? - Las lágrimas me quemaban las mejillas.
- Usted y su mujer estaban en el colectivo que volcó hace tres meses en la ruta 11. Ella sufrió lesiones leves, en tanto a su salud, señor Ferrere, no tuvimos tanta suerte.
- Pero entonces... Serena y Salvatore...
- Las personas que estaban en la habitación eran Martín y Alicia Ferrere, sus padres. 


El faro se veía tan real. Ahora entiendo por qué Salvatore nunca hablaba de ese hijo que se había ido de casa, por qué estaba tan perdido en los ojos de Marcella sin haberla conocido. Ahora entiendo que el faro fue lo que me mantuvo vivo en mi viaje, hasta regresar a casa. Estoy en casa... y este sí que es un paisaje que no se compara a nada de lo que había visto antes.

¿Nunca te pasó...?

Estás en un lugar con tus amigos. Los ves reir, los ves tan unidos, tan llenos de vida, regalándose por completo al brillo que los empieza a bañar. Es ese el instante en el que jurás que te enfrentarías vos solo a un ejército entero con tal de verlos felices. Nacen las ganas de decirles: "Los quiero con cada fibra de mi ser" y abrazarlos... pero no. No da, porque sino se pierde ese pedacito de magia y nace uno totalmente diferente.
Por ahí te ponés a pensar en ellos y recordás alguna broma, alguna anécdota, cualquier cosa... y ese tigre de alegría te raja el pecho. ¿Nunca te pasó?
¿Nunca te pasó que el mundo se empieza a amoldar a esa canción que estás escuchando? Cuando todo parece coordinar con el ritmo, cuando un pajarito sale de su nido justo en ese arpegio de guitarra y una nube descubre el sol ahí, cuando los platillos abren un estribillo lleno de pasión.
¿Nunca te pasó que te arde la vida en el pecho? Que te sentás en el colectivo, la noche te cubre con su manto oscuro y todo propicia un buen sueño.
¿Nunca te pasó que te queman las palabras en la boca? Que lo mirás desde lejos y pensás en lo hermoso que sería acercarte un día y decirle todo lo que tenés pensado, todo eso que te sale cuando estás solo y generás pequeñas charlas imaginarias... así, como en un libro, como en una película.
Y te ves corriendo en un campo regado de verde, un par de rayitos de sol tímidos que se cuelan entre las hojas de algún árbol, y vos ignorás todo lo demás... ya nada importa, porque sos libre y estás feliz.
¿Nunca te pasó que te desgarra por dentro lo prohibido? Cuando sabés que no debés, pero la tentación es más fuerte y por un segundo pensás que lo más adecuado es dejar todo y correr... dejar todo y decirle lo que sentís... dejar todo y... simplemente hacerlo.
¿Nunca te pasó que la confusión tomó una nota de pasión y las cosas se volvieron más interesantes en el nudo de tu historia? ¿Nunca te pasó que te emocionaste al saber que vos la escribís, que nadie más puede intervenir en ella si vos no lo dejás? ¿Nunca sentiste ese control total de lo bueno, de lo increíblemente genial?
¿Nunca te pasó que tuviste ganas de romper todo? Que el llanto te cierra la puerta con llave y querés salir... que las lágrimas limpian lo que solía estar arruinado, pero aún así sentís que todo fue en vano.
¿Nunca te pasó que tenés terror de...? No, simplemente terror. Terror de perder a alguien que querés, terror de que las cosas no salgan como las esperabas, de que algo desafortunadamente inesperado te quite... te quite algo, te quite a alguien...
¿Nunca te pasó que un error del pasado hoy te resulta una nimiedad? Bueno, así será con todos y cada uno de tus problemas. Hoy son el mundo, mañana solo una pequeña porción de memoria.
¿Nunca te pasó que te mirás al espejo... y recordás? Cómo eras de chico, cómo fue tu juventud, quiénes estaban a tu lado en esos años que hoy parecen tan lejanos... en un claro de alguna parte de tu mente.
¿Nunca te pasó que filosofás con vos mismo y te das cuenta de que no te alcanzarían las palabras para explicarle a los demás lo que pensaste? Aún así sigue siendo tan verídico como personal. Los orígenes, el desarrollo, ¿por qué? ... y vos lo entendés perfecto, pero cuando lo plasmás en una oración, resulta que... no. No te entendimos. Pero eso es porque nosotros no te escuchamos bien.
¿Entendés que todos los seres humanos tienen un plan y que cualquiera de estos planes puede cambiar el tuyo sin que te des cuenta? Aún así, ese seguiría siendo tu plan original... verte afectado por los demás.
Es lo que más me gusta de estar viva. Verme afectada por los millones que están allá afuera. Cambiame el plan, hacelo más interesante, más lindo, más feo, más... como vos quieras. No importa si nos ayuda a crecer o no, solo por el hecho de vivirlo... cambiá mis planes. Nada está asegurado, excepto nosotros mismos.
¿Nunca te pasó...?

No respondas, han sido preguntas retóricas. Te pasa, me pasa, nos pasa. Significa nada más y nada menos que nuestra más pura esencia humana.
Si mis palabras pudieran abrazarte, desearía que tus ojos le den la noticia al alma.

Un sueño

Pasa una vez por año, no se por qué razón. Antes lo enfrentaba con mis viejos amigos, anoche lo enfrenté con los nuevos. Fue loquísimo, pero después de la última vez que lo derrotamos, pensé que no volvería a aparecer. La mente traiciona.
Como iba diciendo, pasa una vez por año, entre mediados de junio y principios de julio. Es un sueño, así que no se asuste, querido lector, nada de esto es producido por estupefacientes ni exceso de imaginación (aunque a la segunda la dudo).
Estamos en la costanera, muy tranquilos, está cayendo la noche. Veo que la policía recorre las calles evacuando la ciudad. La gente corre desesperada, asustadísima.
Como ya me pasó años anteriores, entiendo qué es lo que está pasando. Él viene.
Hasta que no lo veo, nunca se qué forma tiene... pero es asombroso que sueñe esto una vez por año y que todos los años aparezca de una manera distinta.
Entonces dos de los chicos se paran y dicen: "Dale, porque nos va a agarrar acá y no tenemos cómo cubrirnos". El resto los sigue, pero entre callados y muertos de miedo.
Corremos hasta lo que parece ser un hotel en el parque Urquiza. Entramos en una habitación, Javi saca un par de armas y me da una a mi. Yo me quedo pegada a la puerta, escuchando lo que pasa en el pasillo. Nacho (R) tira una cama a modo de escudo y llama a Mario, Gaggi y Ale, armados con dos Vektor SS-77, apoyadas sobre el borde.
En ese entonces veo algo que camina por el pasillo del hotel, cortando la luz que entra por debajo de la puerta. Javi se sienta al lado mío, dejando espacio para abrir la puerta y mira el cargador de la Spas-12 que tiene en las manos. Segundos después, se suma Nacho (B).
Yo me aferro a la recortada que me dio minutos antes, le doy la orden a Lea para que abra la puerta y mire el pasillo. Él me hace señas y salimos los cuatro juntos.
Cuando estamos llegando a la bifurcación de una de las alas del hotel, aparece una suerte de Dragón de Komodo, pero con colmillos enormes.
Javi dispara, despeja el área y seguimos. Así vamos matando esos bichos, hasta que llegamos a una parte del edificio que tenía un ventanal que daba al río. Ahi vimos que los dragones de Komodo (como yo sospechaba) eran la parte menos peligrosa del asunto.
Algo arremete contra el hotel y raja en dos partes el ala en la que estábamos. Javi y Lea quedan de un lado, Nacho (B) y yo del otro. Recuerdo en ese momento cómo lo combatimos años anteriores, así que les grito a los chicos: "¡Vuelvan a la habitación!". Ellos corren por un lado, nosotros por el otro. Nos encontramos en la puerta del cuarto y les hacemos señas a los muchachos que estaban dentro para que no disparen.
Salimos del hotel y nos escondemos entre las casas del parque. Divisamos al monstruo. Medía casi diez metros y tenía garras y colmillos bien afilados.
La desesperación de ese momento es increíble, el miedo congela la sangre... pero ya me había pasado antes, así que no importa. 
Paraná está en silencio. Algunas familias se refugian cerca de donde estamos. Armamos una guardia, Gaggi y Mario empiezan a movilizar a los "civiles" hacia el centro de la ciudad, escoltándolos por si aparecía algún animal agresivo en el camino y los demás nos distribuímos como francotiradores.
La bestia se acerca, abrimos fuego y a los pocos minutos cae en el río. Creíamos que estaba muerta.
En un momento estábamos festejando y al siguiente... la vemos levantarse.

Ahí fue cuando me desperté, por culpa del reloj. No me quería volver a dormir, porque sabía que la ibamos a tener que enfrentar tarde o temprano.
Garrón. Esta noche no se si duermo.








Ayer tu sueño me dio tinta

Soñé con tus labios cuidadosamente pintados sobre el rostro pálido al amanecer. Ahí estaban tus ojos, medio dormidos, medio despiertos. Molestos, pues el resplandor matutino de aquel sol que siempre quiso imitar tu brillo, entorpecía levemente el abrir y cerrar de los párpados hinchados tras el dulce insomnio pasional.
Duerme, pues dormido mis sentidos creen ser merecedores de tal imagen cual magno ensueño, al verte tan indefenso, tan tranquilo, tan eterno...
Duerme, porque si el más allá tuviera un punto final, ese sería el suspiro que despide tu boca cuando alcanzas sueño profundo, el anhelo de paz en las aventuras oníricas.
Duerme, para que tu voz se oiga como el susurro de un creador de fantasías. Dame alas con la tibieza del cuerpo refugiado entre las sábanas. Dame inmortalidad al simple tacto, aunque sea a la distancia, aunque sea solo otra ambición.
Descansa, no arremetas contra el vuelo de mis palabras, contra la melodía de la tinta sobre el papel que hoy retrata tu suave respirar, la inquietud de mis versos, la melancolía de una mañana de abril.
Duerme, porque solo así tendré el privilegio de robarle al tiempo tu figura tan joven, tan llena de vida. Y si la alarmante partida de un celoso Morfeo me lo impidiera, aún me quedarían mis sueños, para soñar tus labios cuidadosamente pintados sobre el rostro pálido al amanecer.

Cosas que pasan

Hay melodías que me recuerdan a los brazos de mamá, a las caricias suavecitas en la cabeza, mientras susurraba alguna canción de cuna, que viajaba por toda la habitación y me hacía sentir segura.
Hay paisajes que me remontan a mi más temprana edad, echada sobre el pecho de mi papá, cuando cabía allí sin acurrucarme demasiado.
Pero los espejos ya no me devuelven a la niña que fui...
Alguna vez, un viejo amigo me dijo: "Cuando un ladrón esté apuntándote con su revólver, te va a robar el celular, las zapatillas, la mochila y quizá alguna otra cosa que lleves encima. Pero hay algo que jamás te van a poder quitar: el amor de tu papá, de tu mamá, de tus hermanos y amigos..."
Y en ese entonces, entendí que lo que nos hace sentir seguros no es un teléfono, no es la ropa que usamos, ni el maquillaje, una consola de videojuegos, un auto o una casa grande. Lo que nos da seguridad es eso que nadie nunca va a poder robarnos.
Se que el amor nos hace ver hermosos. Cuando una persona se rodea de amor, sonríe... y no hay mejor muestra de belleza que una sonrisa bien fundada.
Me basta con ello.
No quiero lo mejor en cuanto a material, quiero el mejor amor. Quiero la mejor sonrisa en la cara de mis amados. Mi ambición se remite al pecho enardecido, a la pasión por la vida, a lo que puedo dar.

Seguridad... seguridad no es poder decir "mi casa es enorme, tengo un buen sueldo, una novia modelo y le caigo bien a todos". Seguridad reside en el cariño sincero hacia uno mismo y hacia los demás. Cuanto más sincero sea, más seguridad tendrás.
Si pudiera construir mi propio mundo, sería exactamente igual a este. Lo imagino de mil maneras y todas resultan sosas y aburridas.

Lo único que tenemos asegurado desde el primer suspiro hasta el último, somos nosotros mismos. En tanto nos rodeemos de amor, seremos hermosos. Sería lindo saberlo y poder decir:
"De lo único que estoy seguro, es de mí mismo."

Donde reside lo absurdo

Muchas veces escuché amigos diciendo: "Vos deberías escribir libros de autoayuda", luego de leer mi blog.
La verdad es que las personas que escriben esos libros, no tienen resueltas sus vidas aún. La mejor autoayuda, viene por parte de la etimología de "auto". Ese es su primer error. Los lapido con ese único fundamento, porque no me vale pensar en otros. Con eso alcanza.
Yo no tengo mi vida resuelta, ni siquiera en lo más mínimo. Soy demasiado joven para entender el camino y lo suficientemente grande como para saber que nunca lo entenderé mientras busque hacerlo.
Lo único que puedo expresar, son las bases de mi comportamiento cotidiano. Cómo llevo adelante mis proyectos. Siempre la frente en alto y siempre pensando "puedo ser mejor que hace cinco minutos".
Tomalo en parte, en totalidad o dejalo. Son puntos de vista, nada más. Nadie dicta la vida de los demás y nadie puede sacar a los demás de bajones. La respuesta siempre está en ese "auto", en ese "uno mismo" que todos conocemos bien.

Ahora, donde reside lo absurdo.
Cuando alguien dice "me gusta, pero se que no me va a dar bola" o "quiero hacerlo, pero se que no me va a salir", lo absurdo encuentra hogar instantáneamente.
¿Leés el futuro? No lo creo. ¿Conocés las probabilidades? Tampoco creo. Estás subestimando tu poder de analizar las chances.
Hasta que no lo intentes, no lo llames "fracaso".
Hasta que no falles de todas las maneras posibles, no lo llames "imposible".
Es absurdo que digas "Quiero" y delante pongas un "pero". Los "pero" son para separar un aspecto positivo de uno negativo. Cuando uno se impone un desafío, la negativa tiene que aparecer recién cuando ya lo ha intentado por todos los medios.

No se si me explico, pero tampoco se si busco explicarme.


No quiero escribir más.

Todo en esta casa está mugriento

El teclado está sucio, las marcas de tus dedos aún lo hacen sonar con furia.
La almohada está sucia con las lágrimas que me pediste que no derramara en vano, mientras jurabas que jamás volverías al frío, a la distancia.
El teléfono sigue sonando con tu melodía y mis oídos están sucios de tus horribles canciones.
Mi olfato ya no tolera tu perfume, golpea a la memoria con crudos recuerdos.
Hay un muñeco dentro del cajón, un disco en el reproductor, los bocinazos del remis esperando en la puerta. Y todo está tan sucio, que apenas puedo mirarlo sin apenarme de ello.
Hay un golpe seco, una disculpa, la culpa también se hizo presente. Nadie supo limpiar el desaseo del lugar.
Me vi en el espejo y mis mejillas estaban sucias, aún soportando una caricia insípida de tus manos.
Todo está sucio, arruinado, resquebrajado, totalmente irreparable.
Dejé en manos de los mejores expertos. Pegaron unas cuantas cintas y se pudo sostener... pero los cimientos aún estaban débiles.
Hubieron dos o tres albañiles. Llegó un arquitecto y su grupo de trabajo. Los domingos, tres terapeutas y los sábados por la noche, una congregación de reparadores. Ninguno supo qué hacer con todo este desastre, pero lo intentaron. Aún lo intentan.
Alguien con tu identidad tomó el asiento trasero en el colectivo. Un viaje más sucio que la estadía en tus dominios.
Sucio, hay mugre por toda la casa.
Aún mis entrañas están sucias de dolor. Tengo un monstruo encerrado entre doce pares de costillas. Está perdido, no sabe si romper para salir o morder para no dejar entrar. Tiene miedo.
El cuarto se tiñe de negro y ya no puedo ver la suciedad. Hora de dormir.
Mis ojos parecen no poder cerrarse, mas el sueño me invade y el olor nauseabundo de la suciedad está poniéndome nerviosa.
Hay humedad y calor. Hay algo pegajoso en todo mi cuerpo que no se cómo limpiar.
Todo lo que solía ser luz, extinto. Todo lo que solía ser paz, perturbado. Todo lo que solía ser sano, nocivo.

Todo en esta casa está mugriento.
Ya no espero un albañil ni un arquitecto, no espero a la mucama, a los terapeutas ni a la congregación de reparadores. La única que puede limpiarlo soy yo. El problema es que me faltan trapos, detergente, lavandina y una escoba.
Necesito limpiar esta casa, sacar al monstruo de ella, reconstruir cimientos y remodelar las habitaciones.
Quiero que vuelva a ser una mansión y no la pocilga en la que la convertiste.

Todo en esta casa... está mugriento.



Fragmento del tercer capítulo de mi novela

Según los relatos en el diario de Luna:

"Ellos no se dan cuenta. No se dieron cuenta ayer y no lo harán mañana. 
La verdad es que lo tienen frente a sus ojos. Se llama "límite". Hasta hoy pensé que no existía. 
Es una venganza, porque saben que no puedo tolerar este tipo de invasiones. Es una venganza porque saben que no puedo con todo. 
Es una venganza, y lo comprendo así, porque ellos mismos admitieron ser los que no me querían ver nacer.
Mi único testigo está ahora muerto, quizá nos reencontremos pronto para charlar esta cuestión.

Ahora lo importante es lo siguiente:

Yo entiendo por qué sucedió..."

Había levantado la birome. Ya no había más que rescatar en el texto.



Solo cuando hace frío

¿Alguna vez sentiste esa mezcla de tristeza profunda y alegría radiante, que te llena el cuerpo de una energía extraña? Como si quisieras llorar, como si te diera las razones suficientes para gritar.
Tengo a Nekro gritándome "¿Dónde? Sabés, me quiero ir, pero ¿dónde?" y casi puedo escucharte por encima de su voz.
El frío me abraza y en los oídos me quema la nostalgia.
Y la tengo a Flor, vestida de negro y con lentes. La tengo al lado, leyendo los apuntes del secundario. Me tengo a mí, a mis siete años, bailando "Blu" y mirándola... deseando alguna vez llegar a ser como ella.
Me tengo ahí, de bermudas amplias y rodillas raspadas. Me tengo ahí, dibujando sobre la cama... por la ventana entra un solcito tímido y hace frío. Otra vez hace frío.
Y me vuelvo a tener sobre la cama, mirando los posters en la pared. Hay tantos veinteañeros de pelo largo empapelando lo que antes solía ser el blanco nuevo de un departamento recién comprado. La primera casa propia. Mil novecientos noventa y nueve.
Y me tengo ahí, nuevamente, tratando de explicarle a mis compañeritas del colegio privado lo que era el punk rock, cómo admiraba a Flor y a sus amigos... lo geniales que eran... lo genial que era la música. Y hacía frío.
Me acuerdo del jumper con medias can can que picaban, hasta que llegaba a casa y me cambiaba. Miraba digimon y veía como Rika se cambiaba su uniforme por ropa cómoda y sabía lo que ella sentía. La caricia de una prenda gastada, pero suave... no existía comparación digna.
A la tarde, Mari venía a casa. Agarrábamos esos juguetes que simulaban ser digivices y salíamos a la calle a imaginar que éramos tamers. Recuerdo que le hice creer que yo era un digimon encubierto en el cuerpo de una humana. Ella lo creía, las dos lo creíamos. Teníamos eso que ahora no tenemos... eso que nos hace creer cosas realmente fantásticas y hermosas sin necesitar pruebas.
No era una mentira, porque las dos sabíamos que, en tanto tuviéramos imaginación, eso era real. Y jugábamos toda la tarde. Y hacía frío.
Y después sonaba Bad Religion, y sonaba Nerf Herder, Millencolin, sonaba Sublime. Y seguía sonando Pennywise. Todo, porque le pedimos a papá que nos compre eso tan moderno que reproducía CDs.
 Y bailábamos un poco más, cantando a los gritos. Mamá nos llamaba a comer. Era un domingo soleado, pero hacía frío. Apagamos el reproductor y fuimos al comedor.
Había ñoquis, estaba papá en la punta de la mesa, como siempre. Mamá y Fede del otro lado, Flor y yo juntas.
Y era chiquitita, como frágil, como danzante entre un mundo de fantasías.
Y entonces estaban los amigos del barrio y jugábamos a las escondidas. Y mucho más tarde estaba ese morochito que me gustaba. Y estaban las chicas, con las que solíamos jugar a todo... y Emi siempre elegía el nombre "Eloísa" para sus hijitas de juguete. Tenía una hermana chiquita, Agostina, que siempre lloraba por todo y Emi no quería que venga a jugar con nosotras, porque siempre se encaprichaba. Y aún hacía frío.
Volvía a casa y otra vez sonaba el "Okey Dokey". Nunca me cansaba de ese cassette. Lado A, Lado B... ¡otra vez!... lado A, lado B... y así, hasta que era la hora de dormir.
¿Quién era esa Jenny que no tenía que explicarse nada? Para mí, era una perrita. Una cachorrita de labrador, como me la imaginaba.
Y otra vez Flor, ahí, a mi lado en la pieza. Y otra vez, los veinteañeros pelilargos en las paredes. Y otra vez, hacía frío. Mucho frío.
Años más tarde, te volví a buscar. Tenía catorce y querías que te enseñe las notas de las cuerdas del violín... y me cortabas el pelo. Y cantábamos... cantábamos el Okey Dokey.
"Mirá, en la guitarra son así"... y había una bolsita con galletitas de vainilla.
Después volvíamos a la academia y me hacías peinados raros, tu profesora miraba y sonreía. Estabas ahí y cantabas.
¿Te acordás cuando fuimos juntas a ver Boom Boom Kid? El día que le pediste a Nekro que te firmara la mochilita para Delfi. En la puerta me contaste de tu primer recital de los Ramones y me cantaste ese corito que cantaban todos los fans. Hacía frío.
Me dijiste "andá con tus amigos, si querés". Yo no quise. Esa vez no quise ir con ellos, prefería que me siguieras contando esas cosas tan divertidas que vivías de chica. Cuando te escapaste a ver Attaque y eras chica... papá y mamá te buscaron con la policía. ¡Sos una loca!, ¿cómo vas a hacer eso? jajaja.
Y sonaba Ticky Tak Fire, cantabas por encima de la canción.
Y después nos peleamos... un día, un mes.. dos... tres. ¿Cuántos fueron? ¡Un montón!
Y te volví a ver ese doce de diciembre, ya no hacía frío. ¿Sabés por qué fue? Porque no hacía frío.
Como no hacía frío, me fui con mis amigos.
Pero no importa. Hoy hace frío y escucho el Okey Dokey... estás acá conmigo, soy chiquita y Flor también.
Ya no hay veinteañeros en las paredes, es más, dudo que sean veinteañeros hoy... pero aún así puedo tirarme en mi cama e imaginar todo como fue hace tantos años...
Y todo esto viene con el otoño y se va con la primavera. Entendeme, siempre ha sido así.
If you like music, c'mon! If you like ritmo, c'mon! If you like rumba , c'mon! If you like chachacha, c'mon!