El teclado está sucio, las marcas de tus dedos aún lo hacen sonar con furia.
La almohada está sucia con las lágrimas que me pediste que no derramara en vano, mientras jurabas que jamás volverías al frío, a la distancia.
El teléfono sigue sonando con tu melodía y mis oídos están sucios de tus horribles canciones.
Mi olfato ya no tolera tu perfume, golpea a la memoria con crudos recuerdos.
Hay un muñeco dentro del cajón, un disco en el reproductor, los bocinazos del remis esperando en la puerta. Y todo está tan sucio, que apenas puedo mirarlo sin apenarme de ello.
Hay un golpe seco, una disculpa, la culpa también se hizo presente. Nadie supo limpiar el desaseo del lugar.
Me vi en el espejo y mis mejillas estaban sucias, aún soportando una caricia insípida de tus manos.
Todo está sucio, arruinado, resquebrajado, totalmente irreparable.
Dejé en manos de los mejores expertos. Pegaron unas cuantas cintas y se pudo sostener... pero los cimientos aún estaban débiles.
Hubieron dos o tres albañiles. Llegó un arquitecto y su grupo de trabajo. Los domingos, tres terapeutas y los sábados por la noche, una congregación de reparadores. Ninguno supo qué hacer con todo este desastre, pero lo intentaron. Aún lo intentan.
Alguien con tu identidad tomó el asiento trasero en el colectivo. Un viaje más sucio que la estadía en tus dominios.
Sucio, hay mugre por toda la casa.
Aún mis entrañas están sucias de dolor. Tengo un monstruo encerrado entre doce pares de costillas. Está perdido, no sabe si romper para salir o morder para no dejar entrar. Tiene miedo.
El cuarto se tiñe de negro y ya no puedo ver la suciedad. Hora de dormir.
Mis ojos parecen no poder cerrarse, mas el sueño me invade y el olor nauseabundo de la suciedad está poniéndome nerviosa.
Hay humedad y calor. Hay algo pegajoso en todo mi cuerpo que no se cómo limpiar.
Todo lo que solía ser luz, extinto. Todo lo que solía ser paz, perturbado. Todo lo que solía ser sano, nocivo.
Todo en esta casa está mugriento.
Ya no espero un albañil ni un arquitecto, no espero a la mucama, a los terapeutas ni a la congregación de reparadores. La única que puede limpiarlo soy yo. El problema es que me faltan trapos, detergente, lavandina y una escoba.
Necesito limpiar esta casa, sacar al monstruo de ella, reconstruir cimientos y remodelar las habitaciones.
Quiero que vuelva a ser una mansión y no la pocilga en la que la convertiste.
Todo en esta casa... está mugriento.
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